Una aventura como sacada de un libro. Algo así se vive en Arica, en el sector de playa Chinchorro, donde se le da los último toques a un navío hecho casi exclusivamente de totora. Se llama Viracocha III y su hechura emula la técnica de los antiguos pobladores de la macrozona andina.

¿Y el objetivo? Osado. Unir los más de 12 mil kilómetros que separan a América y Oceanía, para demostrar que es posible completar largas distancias con métodos usados hace cientos de años.

“Todos están súper ansiosos de salir, llevamos tanto tiempo en esto. Hay una especie de miedo también, pero sano, transformando ese miedo que te permita pensar en la seguridad, de forma constructiva”, dice Leo Belmar, chileno y quien será parte de la tripulación.

La fecha de la botadura está programada para la segunda quincena de julio, cuando los 12 navegantes pongan rumbo hacia Australia, con un itinerario proyectado de cinco meses, siguiendo la corriente de Humboldt, para luego enfilar por la línea del Ecuador.

Su primera parada está pensada en Mangareva (polinesia francesa). Posteriormente, en Tahití, Fiji y Nueva Caledonia, para terminar en Sydney. En cada lugar bajarán a tierra, descansarán en un hotel y seguirán en la aventura.

“Habrá que enfrentarse al clima de alta mar, lo que puede significar tormentas, y buscar parte del alimento pescando, mezclado con cosas no perecibles que se llevarán en la Viracocha III, además de litros de agua”, cuenta otro navegante, que pide reserva de su nombre.

Si bien la balsa es rústica, buscando repetir antiguas travesías, sí tendrá tecnología solicitada por la OMI (Organización Marítima Internacional), es decir, GPS y radio, para establecer comunicación en caso de alguna emergencia.

Técnica ancestral

La construcción de la Viracocha III se realizó en Bolivia, utilizando técnicas ancestrales con totora. “Se hacen varios rollos, que se meten por el centro de otro rollo; finalmente se aprietan con cordeles hasta que queda una estructura compacta, que pesa cerca de 18 toneladas, con un costo aproximado de 250 mil dólares”, contó Belmar.

El capitán y líder de la iniciativa es Phil Buck. En la proa y la popa van cabezas de serpiente, mientras la cubierta está con madera, donde habrá tres mástiles y dos estructuras. En una de ellas van los equipos tecnológicos y en la otra, camarotes para dormir. Al final, también hay una silla con una forado, un biombo y un balde, para residuos.

Buck, un estadounidense de 53 años, comenta que “hay mucha presión, pero vamos bien”.

No es el único extranjero. Junto a él también están el británico Martin Crowe, el polaco Radek Czajkowski y la argentina Gini Kim: “Todo fue muy rápido, dejé todo para estar aquí. En un principio estaba inquieta, pero ahora no, conociendo el barco ya no estoy nerviosa”.

(Tomado del Diario La Tercera de Chile)

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