Preguntemos a nuestras abuelas

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Dr. Luis Castillo Córdova

El Prof. García Amado es un destacado Catedrático de Filosofía del derecho en la Universidad de León, en España. Es un profesor iuspositivista con el que se puede estar de acuerdo o no en muchos de sus postulados, pero del que hay que reconocer una gran versatilidad para comunicar sus ideas. En Buenos Aires, en una entrevista académica, sostuvo que él tiene un lema del cual, con su permiso, ahora me quiero servir. Dice el profesor gijonés que lo que sabía su abuela no merece una monografía.

Y dice esto, si no lo entiendo mal, para poner de relieve una regla que puede ser enunciada de la siguiente manera: existen cosas que no necesitan de estudio porque aparecen al común de las gentes como manifiestamente correctas u oportunas. Esta regla, así formulada, reclama ser complementada con otra que puede tener el siguiente enunciado: no seguir lo que aparece como manifiestamente correcto u oportuno, puede estar causado, o por la ignorancia en grado intenso, o por la corrupción en cualesquiera de sus modalidades e intensidades. Pues bien, si aceptamos la validez de estas dos reglas, hay espacio para concluir que si el gobernador de la Región Piura no separa de todos sus cargos al funcionario Bertini, colocará a la población en el dramático dilema de pensar que lo hace, o por ignorancia o por corrupción.

No hay necesidad de realizar un estudio monográfico para concluir que el asesor Bertini se condujo con incorrección moral (y profesional) la madrugada del 27 de marzo de este año a la hora de gestionar una exigencia del bien común de la región Piura. A riesgo de que nos ganemos un cocacho por preguntar algo cuya respuesta es obvia, estoy convencido de que si preguntásemos a nuestras abuelas ellas nos dirían que moralmente está prohibido ante el inicio del desborde del río Piura, requerir la ruptura de un dique cuando se sabía o se debía saber que con ello se generaba un riesgo para la población del bajo Piura; y requerirlo con la finalidad de impedir la inundación de Piura ciudad, cuando se sabía o se debía saber que tal ruptura no impediría tal inundación.

Y es que el reproche a Bertini Hurtado es moral y emana de su conducta como persona, no como Presidente del Directorio del Proyecto Chira Piura; un tal reproche proviene de haberse puesto de manifiesto una ética personal incompatible con todo cargo que tiene por finalidad promover el bien de toda la población y no solo el de una parte de ella. Este reproche moral se irradia hacia todo asunto de interés público, y convierte irremediablemente a Bertini Hurtado en una persona inhabilitada moralmente para gestionar la cosa pública.

A pesar de lo que he escuchado y leído sobre supuestas prácticas corruptas del gobernador Hilbck, he decidido no darlas por ciertas, porque sencillamente no me constan y ninguna autoridad con competencia para ello ha declarado su existencia. Pero, honestamente, me cuesta pensar que nuestro gobernador no llegue a darse cuenta del enorme daño que el asesor Bertini ha producido a la institucionalidad del Gobierno Regional como órgano promotor del bien común; o no llegue a reparar el enorme impedimento que para la unidad de las autoridades políticas de la Región y para la unidad de la población, representa la continuidad del asesor referido.

Y, definitivamente, no es que me cueste entender, sino que me resulta imposible compartir la idea de que han de existir personas imprescindibles en el quehacer público. Es más, cuando alguien expresa o implícitamente se convierte en imprescindible en un gobierno, echémonos a temblar. Sino, miren la suerte que corrió la Dinastía Romanov y, con ella, el pueblo ruso de inicios del siglo pasado de la mano del místico Rasputín; o más cercano en el tiempo y en el espacio: miren lo que ocurrió con el gobierno de Fujimori y con todos los peruanos de finales del siglo pasado de la mano de su asesor todopoderoso Montesinos. Nada bueno proviene de quien acumula poder al punto de convertirse en imprescindible. Si tenemos duda, preguntémosles a nuestras abuelas, aunque nos ganemos un segundo cocacho.

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